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Eugenio Espejo

Amerindio. Nacido en Quito en el año 1747, murió en cárcel en 1795.
Su nombre completo fue Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo Aldaz.
Suma de virtudes y capacidades: médico, periodista, abogado, teólogo, investigador, pensador ilustrado, revolucionario. Hombre rico en sabiduría e inteligencia, probablemente haya sido el precursor de la independencia de Hispanoamérica.
Defendió y fue encarcelado por ello, la lucha de Tupac Amaru y Tupac Catari.
Ideólogo de la igualdad absoluta tanto entre indígenas y criollos, entre hombres y mujeres, como entre amos y siervos; propugnó la nacionalización de las propiedades de la Iglesia católica. Enfrentó con claridad de ideas al poder de España representado en la Audiencia de Quito y aspiró a modificar las estructuras injustas tanto sociales como políticas de la América Española.
Fue faro de luz para otros revolucionarios de su tiempo , aquellos que arribaban al pensamiento libertario, el mismo que triunfante en América del Norte se irradiaba por América del Sur.
Su obra inspiró el movimiento revolucionario del 10 de agosto de 1809, en Quito.
Fue acusado de instalar banderas en las cruces de Quito con la leyenda:
“Al amparo de la cruz sed libres; alcanzad la felicidad y conseguid la gloria”
Para la América cristiana su reto aún tiene vigencia.


 Para ampliar información:







El Primer Grito de Independencia: El movimiento del 10 de agosto de 1809

Conocida en Ecuador como Primer Grito de Independencia, la revolución del 10 de agosto de 1809, fue un movimiento autonomista liderado por una élite criolla que proclamaba el retorno del rey Fernando VII, destituyendo al conde Ruíz de Castilla -presidente de la Real Audiencia de Quito-. 
 
Se formó entonces la Junta Soberana de Quito bajo el liderazgo de Juan Pío Montúfar Marqués de Selva Alegre; tomando posesión de la administración de la Audiencia en la sala capitular de San Agustín, La Junta Soberana, fue considerada por las autoridades coloniales como un acto de traición al rey y a España, por lo que se remitieron ejércitos desde  varias ciudades para someterla.

Las localidades cercanas de Ibarra, Ambato y Riobamba, se sumaron al movimiento quiteño, mientras que Guayaquil se mantuvo leal al rey y sus autoridades requirieron al virrey del Perú el bloqueo de la costa ecuatoriana. Desde Bogotá y Lima, los virreyes españoles despacharon con suma urgencia tropas de apoyo para sofocar la insurrección. En Popayán, el alferez real contestó lo siguiente:
"Considerando que arbitrariamente se han sometido los revoltosos quiteños a establecer una Junta sin el previo consentimiento de la de España, y como se nos exige una obediencia independiente de nuestro Rey Don Fernando VII, por tan execrable atentado y en defensa de nuestro monarca decretamos: Art. único. Toda persona de toda clase, edad y condición, inclusos los dos sexos, que se adhiriese o mezclase por hechos, sediciones o comunicaciones en favor del Consejo central, negando la obediencia al Rey, será castigado con la pena del delito de lesa majestad"
Desesperado, Montúfar remitió al puerto de Esmeraldas una carta pidiendo el apoyo de Gran Bretaña para la Junta Soberana. La carta, dirigida "al Gabinete de San James y al Augusto Monarca de los mares", dice:
"pido como Presidente y a nombre de la Junta Suprema Gubernativa, armas y municiones de guerra que necesitamos, principalmente fusiles y sables... Apetece íntimamente esta Suprema Junta la más estrecha unión y alianza con su inmortal nación y la tranquilidad de nuestro comercio con ella".
Enterado de los hechos de Quito el virrey de la Nueva Granada, Antonio Amar y Borbón, se reunió con los notables de Bogotá y despachó hacia Quito 300 soldados para aplastar la acción de  la Junta Soberana. Finalmente, aislada y bloqueada, el 24 de octubre de 1809 la Junta devolvió el mando al conde Ruiz de Castilla, negociando con él que no se tomarían represalias.
"Hombres acaudalados y mansos por demás; letrados que pensaban gobernar el pueblo por las reglas del derecho civil, y paisanos que, hechos soldados de la noche a la mañana, habían de sostener la guerra que de seguro iban a levantar los antiguos gobernantes, si no por las mismas reglas, por los principios más humanos y clementes; no debían ni podían durar otro tiempo que el absolutamente necesario para que los enemigos pudieran concertarse, reunirse y asomar por las fronteras de la provincia."
Ruiz de Castilla retornó a su Palacio el 25 de octubre, entre los vítores de sus simpatizantes,  mientras esperaba la llegada hombres procedentes de Lima, capital del Virreinato del Perú. Los españoles tenían una fuerza militar de 3500 hombres sitiando Quito, por lo que Ruiz de Castilla disolvió la Junta, y restableció solemnemente la Real Audiencia de Quito, faltando a su palabra.
Luego persiguió y encarceló a los cabecillas del 10 de Agosto, obligando a los otros miembros a huir y esconderse.
 
El obispo de Quito, Cuero y Caicedo, un entusiasta de la independencia, denunció las irregularidades que la Audiencia y sus fiscales cometieron en todos los procesos ante el virrey de Santa Fe, sin éxito. En el proceso se recurrió a la tortura y la falsificación de documentos. La persecución de todos los implicados, de todas las clases sociales, fue implacable: La tensión entre los quiteños y los españoles iba en aumento.
"Voces repetidas, bien que vagas, decían que los españoles protestaban no admitir al comisionado Montúfar sino hecho cadáver porque era bonapartista y traidor, que se mataría a los presos antes que él tuviera tiempo de ponerlos en libertad: que todos los hijos de Quito eran unos rebeldes e insurgentes...”
Asi las cosas, grupos de vecinos empezaron a trazar el plan para liberar a los presos.
Llegó entonces el jueves 2 de agosto de 1810. Ese día, poco antes de las dos de la tarde sonaron las campanas de la Catedral. Era la señal convenida entre los conspiradores, que paseaban discretamente por la Plaza Mayor, y la Catedral, entraran en acción.
Se estima que no menos de tres mil soldados tenía el Ejército colonial, a los que pensaba enfrentarse un puñado de patriotas.
"Al mismo tañido de las campanas, quince minutos antes de la hora dada, Landáburo a la cabeza, y los dos hermanos Pazmiños, Godoy, Albán, Mideros, Mosquera y Morales, armados de puñales, fuerzan y vencen la guardia del real de Lima, y quedan dueños del cuartel. Hácense de las armas de esta, y amedrentando a los soldados que encuentran dispersos por los corredores bajos y patio, se van a hilo a los calabozos para libertar a los presos que, a juicio de ellos, era lo más necesario y urgente para el buen éxito de su arrojo.
 
Tomados por sorpresa, unos 500 soldados de la guardia no ofrecieron resistencia; pero después reaccionaron y disparando un cañón hicieron fuego sobre los asaltantes.El combate empezó a generalizarse en las calles. El comandante de los neogranadinos, Angulo, se hizo presente en su cuartel y tomó el mando de la situación.
Los ocho quiteños que atacaron el cuartel fueron tomados por sorpresa. Consumada la ejecución de los patriotas, las tropas coloniales empezaron a disparar contra el pueblo que se encontraba afuera del cuartel y en las calles cercanas.
Un testigo presencial dice:
«Uno de los presos que salieron del presidio, dice el doctor Caicedo, se colocó en el pretil de la Catedral, y desde allí arrolló a los mulatos (las tropas de Lima), hasta que acabados los cartuchos le acertaron un balazo. Quedó caído y medio muerto, y fueron a rematarle con las culatas de los fusiles, como lo verificaron. Lo mismo hicieron con una india que estaba en la plaza (de la Independencia), con un covachero y con un músico que iba para el (monasterio de el) Carmen de la nueva fundación. Todo esta pasó por mi vista».

 

El testigo continúa su descripción del combate, en donde quiteños desarmados se enfrentaron a  los soldados coloniales. Hasta las mujeres quiteñas se sumaron a la lucha.
Ruiz de Castilla, en su criminal afán, ordenó incendiar la ciudad como castigo, la cantidad de víctimas, se estima que alcanzaron el 1% de la población de la ciudad.
La intervención del obispo José Cuero y Caicedo contribuyó pacificar la ciudad. Con una procesión improvisada, el obispo paseó por las calles, en aras de detener la matanza. Luego, se apersonó en Palacio para negociar con Ruiz de Castilla.


Repercusión de la matanza
en la América Hispana






La matanza del 2 de agosto de 1810, tuvo repercusión continental.
"El 22 de Octubre de 1810, en Caracas, cuando llegaron las noticias, se produjo un motín, al mando de José Félix Ribas, pidiendo la expulsión de los españoles. Se celebraron solemnes honras fúnebres por los patriotas quiteños fallecidos, y los poetas Sata y Bussy, García de Sena y Vicente Salías les dedicaron sentidos versos; los ritos fúnebres fueron oficiados en la iglesia de Altamira, y se costearon por suscripción popular; en un catafalco se puso esta leyenda: "Para apiadar al Altísimo irritado por los crímenes cometidos en Quito contra la inocencia americana ofrecen este holocausto el gobierno y el pueblo de Caracas";

En Bogotá, Francisco José de Caldas protestó por los hechos en su periódico “Diario Político”. Para el bogotano Miguel Pombo Quito fue "el pueblo que primero levantó su cabeza para reclamar su libertad".

"Los cuarteles fueron abiertos para recibir voluntarios y pronto se llenaron de jóvenes que querían vengar la matanza de Quito. La Suprema Junta Gubernativa dirigió una exhortación patriótica al pueblo de Bogotá, expresó su solidaridad al Cabildo de Quito y amenazó con represalias al Conde Ruiz de Castilla. Fueron varios los periódicos de la época que se refirieron a esta tragedia."


Una de las justificaciones de la "guerra a muerte" declarada por Bolívar contra España en Valencia el 20 de septiembre de 1813 fue la criminal matanza de civiles desarmados en Quito ordenada por Ruiz de Castilla:
"En los muros sangrientos de Quito fue donde España, la primera, despedazó los derechos de la naturaleza y de las naciones. Desde aquel momento del año 1810, en que corrió sangre de los Quiroga, Salinas, etc., nos armaron con la espada de las represalias para vengar aquéllas sobre todos los españoles...".
 

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